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LOS POBRES DE LA CIUDAD

 

LOS POBRES DE LA CIUDAD

Con el poco dinero del que disponíamos mi mujer y yo alquilamos una habitación de dos piezas en el segundo piso de una vieja casona ubicada en el jirón Junín. En realidad la finca era un tugurio. Decenas de familias compuestas por numerosos integrantes ocupaban los cuartos contiguos al nuestro en condiciones a simple vista lamentables. El hacinamiento que se percibía dentro las vetustas piezas hechas a base de adobe y caña era realmente asfixiante.
Había además problemas de orden y limpieza en la vieja quinta. El servicio higiénico no era más que un hueco rodeado de papeles con excrementos cuyo olor pestilente llegaba hasta los agrietados pasadizos del segundo piso por donde pululaban papeles sucios, cartones rotos, trapos inservibles, llantas, capotas en desuso y hasta triciclos abandonados. Era un espectáculo deprimente. Los vecinos que andaban por los pasillos lo hacían con sumo cuidado, mirando de no topar la ropa que caía de los bajos cordeles, no pisar las manitas de algún niño juguetón o no ensuciarse los zapatos con el desfile de porquerías dejadas en el piso por los animales domésticos pertenecientes a las familias.
El día de nuestra llegada, Flor de María pisó caca de pato y se enojó conmigo.
-Me has traído a vivir a un chiquero- dijo.
Yo traté de calmarla prometiéndole que estaríamos allí solo una temporada.
-Cuando tengamos plata -le aseguré- alquilaremos piso en otro sitio.
Pero ella, al ver caer del techo un pedazo de viga seguido de una crujiente vibración de los carrizos que pendían de las carcomidas paredes de nuestro cuarto, volvió a gruñir enfadada:
-Si hubiera un derrumbe moriríamos aplastados
A decir verdad, nos costaba acostumbrarnos a vivir bajo aquellas cuatro paredes altas y putrefactas que parecía que se vendrían abajo en cualquier momento. Las vigas del techo y el piso de tablas resecas crujían a nuestro paso. A menudo yo encontraba los ojos de mi amada recorriendo con temor el techo y los rincones deteriorados de nuestro cuarto. Y, para distraerla, le contaba algún chiste o le hacía cosquillas diciéndole con cariño que se olvidara del techo y tratara de ser feliz conmigo.
Flor de María tuvo por fin un arrebato de entusiasmo.
-Haré tres pequeñas divisiones dentro el piso. Una será para la salita comedor, otra para la cocinita y otra para nuestro dormitorio.
Me alegré de que ella mostrara vivo interés en arreglar nuestro nido de amor. Y para recompensarla le di un beso cariñoso y acaricié su hermoso vientre en gestación.

LA VIDA NO ES UN SUEÑO

 LA VIDA NO ES UN SUEÑO

La colegiala de rostro perfilado, dejó sus libros en el asiento de tres patas, que usaba su padre cuando las piernas no podían sostenerlo de pie, cogió el cubo lleno de agua maloliente y echó a caminar calle arriba, con su delgado cuerpo inclinado a causa del peso del recipiente.

Junto al lavadero de uno de esos grifos de reliquia que aún se ven en el casco antiguo de Lima, detuvo su forzada marcha. Arrojó las lavazas del cubo en el lavadero y procedió a acomodar el asa del mismo en el corto y delgado cuello de la cañería. Presionó la llave y se quedó observando en silencio la caída del vital líquido en el recipiente plástico.

MIGRANTES EN LIMA

 EL PROVINCIANO ERRANTE

 Ollanta andaba solo por el mundo, sin más guía que sus siempre orgullosos pasos. Aquella tarde, mientras vagaba por la avenida Emancipación, observaba el vertiginoso movimiento humano en el seno de la metrópoli limeña que era una especie de imán para la gente del interior del país que llegaba por miles con el sueño mítico de alcanzar una vida mejor. La realidad, sin embargo, era muy dura para los provincianos que habían desembarcado en la capital; muchos de ellos, prácticamente forzados por la necesidad de ganarse el pan, montaban sus pequeños negocios en las vías públicas. Por aquel tiempo - finales de la década de los 70- la cantidad de vendedores ambulantes que invadían las calles limeñas era impresionante.

DESTINO DE ARENA

 "LEVANTATE PERRO Y LARGATE, SINO VAS A VER LO QUE TE VA A PASAR A TI Y A TU FAMILIA”

El amenazante aviso, que amaneció pegado en la puerta de mi choza, se clavó en mi corazón como una fría aguja. Atado por mil presagios nefastos, permanecí inmóvil en mi sitio. Sólo reaccioné al oír las voces de mi mujer y de mi hermana a mis espaldas:

EL PEQUEÑO MERCADER

OLLANTA

Al borde de una angosta vereda destacaba una larga fila de medianos recipientes de plástico conteniendo decenas de manijas, tapas y otras piezas accesorias de artefactos domésticos. Junto a estos recipientes, cuyas formas eran rectangulares, había otra tanda de cajas cuadradas exhibiendo series completas de cucharas, tenedores, cuchillos entre otros juegos de cubertería útiles para la mesa familiar. Al lado de estas cajas, encima de un plástico apegado al filo de la acera había además un conjunto atractivo de tazas, ollas, sartenes, cada cual puesta en oferta al mejor postor. Más abajo, ya en la calzada vehicular, se veía un mostrador de madera de gran tamaño sobre el que reposaban pequeñas cocinas eléctricas con sus hornillas rajadas, extractoras con sus mangos de dirección destrozados, planchas con sus bases triangulares quemadas, en fin, una variedad de electrodomésticos en evidente estado de restauración.

LA MOZA PLACERA

OLGA

“¡Lleva casera, verdura fresca!” Así pregonaba la moza placera, desde su asiento de madera apegado al tablero comercial, mientras con el afilado cuchillo de faena convertía un amarillento trozo de zapallo en numerosas tajadas pequeñas. De cuando en cuando se ponía de pie y con manos prestas recogía de la tabla de cortar los montoncitos de zapallo picado y los dejaba caer en el hule del muestrario junto a otras porciones de coliflor, repollo, nabo, rodajas de tomate, choclos, zanahorias, ramitas de culantro, apio, perejil, entre otras hierbas y verduras preparadas para la venta del día.

EL VALIDADOR DE TELEFONICA

Aquella mañana otoñal, Janel llegó a su puesto de trabajo con un cuarto de hora de retraso. Su coordinador, un hombre cuyo apego a las normas lo hacían rígido y estricto, al verlo llegar abandonó su asiento –distante unos metros del suyo– y se acercó a llamarle la atención por su tardanza. Janel le respondió que se había retrasado por que el Metro, su medio de transporte cotidiano, se había plantado quince minutos en la estación de Urquinaona. Pero el otro, con gesto agrio le dijo que tanto igual le daba saber o no el motivo de su retraso

LOS JUEGOS OLIMPICOS EN LA CIUDAD CONDAL

LAS OLIMPIADAS  EN LA CIUDAD CONDAL

 

CAPITULO I

La XXV edición de los juegos olímpicos se iniciaba oficialmente en Barcelona aquella tarde del día 25 de Julio de 1.992, precisamente, cuando los más de sesenta mil espectadores que atiborraban el estadio de Montjuick, dando muestras de respeto, se pusieron de pie para la entonación del himno de España. Pero sucedió que mientras las alargadas notas musicales, provenientes de los grandes parlantes, llenaban los oídos del auditorio, un gran número de ciudadanos, absorbidos quizá por el cansancio o el tedio apenas movían los labios, o bostezaban entre tanto cantaban sin emoción el himno patrio, el cual, pronto concluyó sin merecido aplauso. En cambio, cuando las  notas del himno de la comunidad catalana, empezaron a resonar en el ambiente, miles de pechos se hincharon con orgullo y las banderas ondularon en lo alto por las cuatro tribunas del estadio conjugándose con aquel canto lleno de euforia y sentimiento que daba a entender que la mayor parte de la gente concentrada en las graderías era oriunda de la región mediterránea.

LA FIESTA DE LAS FLORES EN TRUJILLO

LA FIESTA DE LAS FLORES

 

Llegó la primavera con todo su esplendor, invitándonos a soñar. Las esperanzas, las ilusiones, los sentimientos de amor renacen dentro el marco de flores coloridas. La mitológica Flora se hace visible en la frondosa estación, convirtiendo la tierra en un edén de exquisito aroma… Ya empieza el desfile, preparémonos para observarlo, ¡pero tengan paciencia, por favor, y no empujen que todos queremos ver!.. Viene la banda de músicos; se oyen tambores, bombos y platillos; acompasadas melodías que arrancan el aplauso de la multitud. ¡Qué alboroto por ese lado de la calle! Los niños chillan, sin despegar de la mano sus dulces y helados, las jovencitas juguetonas gritan y saltan entrelazadas por el brazo, mientras la gente madura y los ancianos aplauden sin cesar a los participantes del Corso.

EN LA TIERRA PROMETIDA

Por aquel entonces varios inviernos habían transcurrido ya y el actual recrudecía con fuerza, azotando cuantas cosas materiales destacaban bajo el cielo de Lima. En la tarde gris, una helada brisa entorpecía la movilidad de mi cuerpo. Aterido de frío me arrimé a la puerta de mi vivienda. Absorto ante el magro matiz del panorama, no supe en qué momento mi conciencia empezó a reprocharme: “Pero ¿cómo es que llegaste por aquí, Julián? ¡Claro! Como no podías comprarte un terreno en mejor zona.” “Ay”, de mi pecho escapó una queja, y, me puse a  pensar en qué distinto sería vivir en una casa grande con amplios salones, cocheras, jardines y piscina.

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